De la Infancia Espiritual a la Unión Mística (Vida Interior)

La vida interior cristiana inicia con la infancia espiritual, donde el alma ejercita virtudes y recibe consolaciones sensibles. Dios las retira para purificarla, guiándola hacia humildad y docilidad, hasta alcanzar la madurez: unión mística con Él, fruto de gracia y perseverancia.

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Comprender las etapas de la vida espiritual: reconocer la infancia espiritual, la purificación interior y la madurez cristiana como procesos guiados por la gracia y el Espíritu Santo.
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Discernir la pedagogía divina en el crecimiento interior: identificar cómo Dios concede y retira consolaciones sensibles para conducir al alma hacia una relación más libre y profunda con Él.
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Cultivar virtudes esenciales para la unión mística: ejercitar humildad, docilidad y perseverancia, superando formas sutiles de orgullo y egoísmo, hasta alcanzar una vida interior fecunda en amor y misión.
Orientado para
  • radio_button_checked Estudiantes de teología y espiritualidad: interesados en comprender las etapas de la vida interior y la pedagogía divina en el crecimiento espiritual.
  • radio_button_checked Laicos comprometidos y religiosos en formación: personas con deseo de integrar estudio, contemplación y práctica cristiana, abiertas a la acción transformadora del Espíritu Santo.
  • radio_button_checked Perfil académico-espiritual: alumnos con disposición al rigor teológico y sensibilidad espiritual, capaces de valorar la tradición mística y aplicarla a su vida como camino de santidad y misión.

La vida interior cristiana comienza con una etapa de infancia espiritual, en la que el alma necesita ejercitarse en la virtud y en la ascesis para superar los obstáculos más evidentes a la comunión con Dios. En esta fase Dios suele conceder experiencias sensibles de su presencia, que fortalecen la fe y estimulan el deseo de avanzar. Sin embargo, existe el riesgo de que la persona confunda estas consolaciones con Dios mismo, limitando su capacidad de apertura a lo espiritual.

Por eso, en su pedagogía, Dios retira gradualmente estas manifestaciones sensibles para preparar al alma a recibir gracias más profundas. Esta purificación interior, aunque exigente, permite que la relación con Dios se vuelva más libre, luminosa y eficaz, guiada por el Espíritu Santo.

A medida que el alma progresa, emergen formas más sutiles de orgullo y egoísmo, que solo pueden ser transformadas por una humildad creciente y una docilidad espiritual. La perseverancia en este camino conduce a la madurez cristiana: una unión mística con Dios en el amor, fruto de la gracia y de una vida interior cultivada con generosidad.


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La vida interior cristiana inicia con la infancia espiritual, donde el alma ejercita virtudes y recibe consolaciones sensibles. Dios las retira para purificarla, guiándola hacia humildad y docilidad, hasta alcanzar la madurez: unión mística con Él, fruto de gracia y perseverancia.
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